Cuando empecé con los estudios universitarios, me trasladé a Granada, de hecho, busqué, dentro de lo que me gustaba, unos estudios que no se impartían en la ciudad más cercana a mi pueblo. Decisión en parte motivada por esa curiosidad que sentía y por que, con 18, lo que iba buscando era libertad.
Y la libertad tiene su precio, siempre estaba sin un duro, mis padres y la beca no podían dar o no daba, según el caso, mucho de sí. Ponte en situación: comiendo la mitad de los días en casa de mi tía o paseando por no poder hacer otra cosa. Y así, pasándolas putas empecé a amar a esta ciudad, casi sin darme cuenta.
Cierto es que hubo unos cuantos detalles que me hicieron extrañar la vida del pueblo, pero aquellas nostalgias o, más bien, estas nostalgias que todavía siento y de las que te hablaré otro día, son un precio que pago con gusto. De Granada te puedo contar maravillas pero no lo voy a hacer. Simplemente, te diré que para mi es como una mujer guapa y misteriosa, que se deja querer y que te abraza.
Me he enrollado. Lo que quería contarte es que la semana pasada me regalarón el libro
Granada: de Antaño a Hogaño I, un recorrido fotográfico en el espacio y en el tiempo (el último siglo y medio) de esta ciudad. Libro que me regaló uno de sus autores, Don Jesús García Muñoz.
Recorriendo el libro me vino una alegría irracional, quizás por el cariño que le tengo a la ciudad, pero, lo más curioso, es que me vi reflejado en los personajes que aparecían en las fotos, que aquellos sitios eran sólo fotos viejas de mi casa. Me di cuenta que no podía ser otra, que es Granada a la que pertenezco y que en cualquier otra seré un extraño. Aunque no tenga mar, ya ves.
En el libro se ve que el tiempo, ese miserable, no la ha rondado como ella se merece, pero aún así es un rincón especial. Por eso, Granada, bonita, te quiero.