jueves, octubre 26, 2006

Tres días por uno

Viviendo en días lo que antes vivía en semanas. Rápido como cuando miro por la ventanilla del coche el suelo, como cuando voy corriendo y agacho la cabeza. Estirando al tiempo enemigo hasta que no da más de sí, una pelea perpetua.

Ahora me da un poco de rabia cuando vivía aletargado, cuando perdía las horas mirando la televisión. Qué bien hice al sacarla de mi vida. Ahora tengo mucho tiempo y todo completo. La vida tiene que ser de viajero, basta de esperar en el andén. No quiero volver a perder ningún tren.

¿Cómo he acabado saliendo en dos periódicos?¿Cómo estoy metido en crear una orquesta de cámara y una escolanía?. Y eso fuera del trabajo ... allí es el doble de antes.

Ya apenas como en casa por aprovechar esos ratos con mis amigos o la familia. Además conociendo a un montón de gente. Años de antes, meses de ahora. Me he acostumbrado a esas ojeras que me miran guiñándome un ojo cada día. Y, al final, al final del día, me duermo agotado con una sonrisa.

Esto ni es una entrada ni es nada, lo sé.

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jueves, octubre 19, 2006

La casa

Me gustaba pensar que tenía un punto de referencia pero quizás me equivoqué al escogerlo. La única casa que aparecía en mis sueños ha empezado a cambiar. Cuando sueño, como te he contado alguna vez, nunca lo suelo hacer donde vivo o donde viví en algún momento de mi vida. Sueño con la casa de mis abuelos maternos, es el único hogar identificable en mitad del torbellino de mis sueños.

Quizás fuere por ser la única casa de verdad que he conocido bien -el resto, fueron pisos-, quizás por que tengo allí algunos de los mejores y más felices recuerdos de mi niñez o quizás, simplemente, por que siempre ha estado ahí, desde antes de nacer, desde mi siempre. También puede ser que allí, en aquel pequeño pueblo de la alpujarra granadina, el tiempo tiene otro ritmo, allí no es un enemigo es un compañero de viaje.

La casa ha ido envejeciendo poco a poco, un poco por allí, un poco por aquí. Siempre leí sus años en el barniz del portón principal, en las paredes de los cuartos de abajo donde la mitad está bajo tierra y ni siquiera esas paredes de cerca de un metro de grosor pueden evitar mancharse de humedad. Pequeños signos de que ella también envejecía pero siempre lo llevó mejor que los que en algún momento vivimos en ella, con ella.

Siempre que vuelvo es un momento emocionante, vuelvo a casa, ya no soy un niño, ni viven mis abuelos y las vecinas son ya abuelas o han muerto. Ya nada es lo mismo pero la emoción de volver a casa y reencontrarme con ella, conmigo, es un sentimiento que está ahí, inundándome.

Me gusta pasearla despacio buscando esos rincones de los que imperceptiblemente está impregnada mi memoria: los cuadros de época, las vírgenes, los santos, los retratos simpáticos, las fotos de la niñez, la jarra de lata en su clavo, el azucarero, las ollas, el cenicero triangular de cinzano, la caja de puros de piel siempre vacía, el hueco de las escalera de la terraza son su pequeño armario donde se escondían los gatos furtivos, la puerta donde las mocicas (viejas hoy) jugaban a la comba y donde di los besos a mi primer amor con seis añitos.

Casi todo en su sitio ordenado en el tiempo y en el espacio, un punto de referencia de mi vida. Esta vez, no todo, la salita y un dormitorio estaban cambiados, el papel y los muebles que habitaban esos cuartos desde hace más de 40 años ya no están. Ahora mi tía quiere tirar un par de paredes y cambiar la casa.

Cuando he entrado en el salón la punzada ha sido fuerte. El corazón parado. Nada era. Me daba una pena infinita. Mientras mis ojos y mis ideas intentaban ponerse de acuerdo con lo que mi cabeza veía y mis pupilas ya no encontraban. Mordiéndome el labio me he puesto a hacer fotos, tenía que distanciarme de lo que veía de alguna forma (una de las que hice es la que he puesto).

Supongo que tiene que ser así, que debe cambiar y reformarse, pero dentro de mi siento que una parte de mi niñez se está muriendo y nunca más me será tan fácil encontrarla, no será observar y venir los recuerdos en tropel, tendré que rebuscar en esa memoria mala y perezosa. Y tener suerte para que la niñez venga.

Mi abuelo cuando quedó viudo dejó su dormitorio de matrimonio y se fue al dormitorio de abajo, al cuarto más enterrado, el más silencioso y apartado. Allí estaba la cama con el colchón de plumas donde me hundía siendo un niño y quedaba arropado por el propio colchón. Ese era mi dormitorio preferido pero nunca había dormido en él por la noche debido a un motivo u otro.

La casa o el destino han querido que cumpla ese deseo y duerma aquí, para antes escribir que ya nada será lo mismo, que todo cambia y que hasta los recuerdos más bonitos que tengo se me escapan como el agua entre los dedos. Algunas veces la nostalgia me ataca con una fuerza devastadora.

Dormí como un bendito y al día siguiente ya tenía la sonrisa conmigo otra vez .
Escrito 07/10/06

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miércoles, octubre 18, 2006

Abrazos gratis (free hughs)



Par compensar mi ausencia del jueves pasado, esta semana vengo un poquito más, aunque sólo sea para darte un abrazo.
(via El olivo y antes en Escolar)

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martes, octubre 17, 2006

Solete

Me perdí en ti intentando atrapar tu olor, por eso la punta de mi nariz y los besos suaves se movían por tu espalda cuando tú intentabas, en vano, dormir un poquito.... mientras yo, sólo buscaba que tu olor y tu piel se me quedara grabado a fuego en el recuerdo.

Sol porque me diste calor... ¿recuerdas los tiritones? Fuiste el regalo de un amanecer. Sol por tu pelo, por tus ojos. Sol porque cuando alguna tormentilla nos separaba salían tus guiños cómplices o sacabas la puntita de tu lengua con tu sonrisa. Sol porque hasta en el descuido de olvidar tu camisa en mi casa me has dejado, casi sin quererlo, ese trozo de ti que buscaba en las curvas de tu espalda. Sol porque por unos días olvide al tiempo, a la noche y al sueño.

Sólo te nublaste una vez cuando nos despedimos y apretaste un poco los labios y yo, para que volvieras a salir resplandeciente, sólo supe darte besos y abrazos como cuando te sobraron las piruletas.

La sonrisa de esta foto, con el cansancio, las noches insomnes y el tiempo acumulado, es tuya porque la iluminaste tú, porque era para ti.

jueves, octubre 05, 2006

El libro de cocina

Mi abuela tenía una pequeña libreta donde apuntaba todas sus recetas de cocina. Los que la conocieron mejor que yo le dan fama de buena cocinera. Tenía un huerto, su corral y el horno de leña y también tiempo para hacer la comida poco a poco, a la lumbre, y con mucho cariño. Claro, dos ingredientes fundamentales: tiempo y cariño.

Aquella libreta la "heredó" mi tía. Nunca quiso prestársela a mi madre hasta que fue demasiado tarde para hacerlo, hasta que la había perdido. De aquella libreta quedaron unas pocas hojas de la parte de postres y, para mi, fue curioso leer que por entonces se medía por onzas o libras.


Aprendí la desilusión que para mi madre supuso no tener las recetas de todo aquello que la suya cocinaba. Algunas las sabía, bien por sus recuerdos y por los de mi tía, o bien por las tristes hojas que quedaron pero, al fin y al cabo, no podía tener todas las recetas de mi abuela, y lo que era más importante, escritas por ella.

Le pedí a mi madre un regalo de cumpleaños especial y para ello, medio año antes, le di dos libros en blanco. Mi regalo sería un libro de sus recetas: las que había heredado y las que había aprendido y también las de mi padre (otro cocinillas como yo). Le di dos libros para que cuando terminase el primero, lo copiara en un segundo, así los dos hermanos saldríamos ganando y no pasaría nada si alguno de los dos se perdía.

De esto hará ya unos 10 años y todavía lleva los dos libros por la mitad. Dice que ya ha puesto todas las recetas que se sabía o se ha acordado y que ya sólo apunta las que aprende nuevas. Algo me da en que miente un poquito y que rara es la semana en la que no aparece una receta nueva: aprendida o recordada. Cada vez con la letra más pequeña, como si no quisiera terminarlo nunca.

Quizás no lo termine nunca en vida o incluso quizás puede que yo nunca llegue a leer ese libro. Pero ya tengo en mi saco el recuerdo de haberle dado a mi madre la ilusión de escribir su pequeño recetario y, a la vez, de ajustar cuentas con su pasado, de rescatar mediante un libro de cocina y sus platos, a su madre con sus olores y sabores.

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miércoles, octubre 04, 2006

Perdido

No es indefinido, casi como si lo fuera. Me espera medio año como el último mes. Hay un trozo de mi que me está gritando a voces constantemente que me pase por aquí, que me pase por ahí, para que sepas de mi, para saber de ti.... pero el tiempo me quita las manos y hasta la intención. Mi enemigo, intratable.

Quizás además de lo que tengo ya sobre mis espaldas está lo que yo insensatamente me echo encima. Robándome más horas. Quizás tiene que ser así, y quizás no deba ser de otra forma, si las horas me sobraran me moriría de pena en mi estancamiento. Pero hay precios que tengo que pagar y uno es éste, este trozo mío se muere de inanición, por culpa de mi abandono.

No quiero que muera pero hay cosas que casi no puedo evitar. Así que he tenido que hacer un trato conmigo, los jueves y sólo los jueves será el día de mi blog y del tuyo. Siento darme tan poco, pero ahora es todo lo que puedo dar. Durante seis meses estaré un poquito más perdido.

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