Gatos
Estaba recién llegado al pueblo, con seis añitos escasos y no conocía bien a la gente de por allí. Jugando sólo al lado de un arroyo -ventajas de vivir en un pueblo- me encontré a una cría de gato. Un gatito minúsculo con un cordón umbilicar amarillento todavía pegado. Sabes que no soy de gatos pero cogí al minino y me lo puse debajo de la chaqueta. Me fui a mi casa. Mi madre no me dejó que me quedará con el animalillo. Tuve que devolverlo al lugar donde lo había encontrado. Su madre gata se ocuparía de él u otra persona que lo encontrase.No me quedé tranquilo, así que fui a contarle a otros niños lo que había encontrado. Si no podía quedarse en mi casa quizás en la de otro sí. Los niños se pusieron muy contentos y fueron corriendo a buscarlo. Cogieron al gato, lo tiraron al arroyo y le lanzaron piedras, hasta enterrarlo, hasta que no se movía. Fue tan horrible lo que vi que fui incapaz de reaccionar, excepto por el viaje de llorar que me di y un incomprensible sentimiento de culpa que arrastré una temporada. Aquel día dejé de confiar en los desconocidos.
Foto del gato encantador de mi primo, el único que conozco que le encanta el agua.
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